¿Acedias ciudadanas ..?
p. Roberto F. Bertossi1
Algunas cartas magnas2 prescriben que, la comunidad se funda en la solidaridad, que las organizaciones de carácter económico, profesional, ambiental, gremial, social y cultural disponen de todas las facilidades para su creación y el desenvolvimiento de sus actividades.
Se asegura ahí que sus miembros gozan de la más amplia libertad de palabra, opinión y crítica, del irrestricto derecho de peticionar a las autoridades y de recibir respuesta a las mismas, prescribiéndose que sus estructuras internas deben ser democráticas y pluralistas y la principal exigencia: `el cumplimiento de los deberes de solidaridad social´.
Ante semejantes propósitos contenidos en tan bella y suprema declamación, la realidad de una aculturación individualista, el flagelo de una ausencia pronunciada de participación y mucho menos de cualquier compromiso ciudadano cabal, el apabullamiento vacuo de espacios audiovisuales con inusitada influencia y determinación, son entre los más preponderantes, las primeras manifestaciones de acedia, en cuanto tal.
Fatalmente, en todos los ordenes y aspectos de la vida, `el interés es la medida de la acción.
Pero, ciertamente también, los segmentos medios satisfechos tienen –junto con los altos- una mayor responsabilidad social y humanitaria no solo en relación con los más desfavorecidos y excluidos del sistema sino con la creciente irresponsabilidad social empresaria y sindical.
Pero, cómo desplegar una elemental solidaridad social ...?, cómo, cuando no participamos de nuestras comunidades educativas, de nuestras obligaciones legales, tributarias, cívicas, políticas, sociales y ambientales; cuando ni siquiera asistimos a las reuniones de consorcios de edificios donde somos `propietarios´ de una o mas unidades en departamentos ..??
En la cuestión una de las debilidades más fuertes es la del temple humano. Consiste, básicamente, en un rechazo implícito que el hombre hace a `la cosa pública´ al no participar, al no abonar sus impuestos, al no cumplir con sus deberes, con su palabra, con su firma, con una ordenanza municipal, una orden judicial, una resolución, un decreto o una ley demostrando falta de interés en lo comunitario y resistencia al bien común con gestos propios de supremo `minimalismo´.
Si bien no es de esperar súbitamente la energía de un miura de pura sangre española, ni la de un león rampante en nuestra sociedad civil, deberíamos convencernos que otra Argentina vale la pena y que sólo será posible participando, transparentando las licitaciones, dando lo suyo a cada uno y promoviendo simultáneamente a los sectores aún vulnerables de nuestra sociedad desde la sobriedad porque es hermoso un ascetismo de `regalos´ que simplemente es expresión de la carencia de fantasías y ferias de vanidades y, son admirables amables declinaciones de meras `cocardas´ para zafar del apotegma de Borges: “ figuración o muerte”.
El contradictorio hombre argentino que así como participó hasta `los cupos legales´ de alguna `misoginia´ hoy profundiza cierta mística en la perspectiva de género, resignándose poco menos, a mayordomo, yace inerme en la fascinación del fango de la corrupción, de la mendacidad, del pensamiento único y mágico que tolera facilismos y discursos hegemónicos de auto legitimación -paradójicamente prometen inclusión desde la exclusión-, violando sistemática e impunemente la Constitución Nacional en una irrefutable anomia de hecho y una anarquía `de prepo´.
Así pues, deberíamos considerar otras formas complementarias no estatales de organización del gobierno, mediante asociaciones no gubernamentales (ONG, s), entendiendo a las mismas como la voluntaria asociación de ciudadanos con necesidades, intereses y anhelos unívocos, comunes, afines y/o complementarios, reunidos sin fines de lucro en personas jurídicas privadas heterogéneas, vinculadas civilmente a la organización y funcionamiento de la sociedad de base, realizando obras y acciones según criterios de interés general y parámetros constitucionales, autónoma, independiente y autárquicamente.
Nos parece entonces que ´la clave´ puede identificarse en la orfandad comunicacional ciudadana actual. En efecto, la escasa o nula comunicación entre padres e hijos, entre padres y maestros, entre vecinos, entre funcionarios y legisladores con ciudadanos y las evidentes dificultades para acceder a la información pública conforman un costo ciudadano inconmensurable a raíz de resignar o trocar la insustituible e indelegable comunicación humana por otra, tecnológica en una atroz barbaridad posmoderna.
Sacudamos entonces vacilaciones, titubeos, incoherencias e inconsistencias de nuestras sociedades civiles intensificando y articulando las energías, necesidades, intereses, anhelos y el dinamismo de toda su densidad relanzándola por el camino de la solidaridad social, de los principios y valores tradicionales, consunamente respetados y defendidos, evocando lo mejor de nuestros próceres y de nuestros mayores, los padres de la Patria.
Encontremos formas y resortes acicatéantes para recuperar todo el énfasis y denuedo ciudadano en lo social, en lo político, en lo económico, en lo ambiental y cultural forjando y fortaleciendo nuestras comunidades, cerrando de una vez el inventario de lo trunco, redescubriendo la joya de la libertad, acreditando la mayoría de edad de nuestra democracia e impidiendo su decrepitud.
Que el amanecer de este 2008, nos saque del actual estado de apatía y amodorramiento, de lo mas ruinoso de nuestras `pseudo-neutralidades´ y `fugas éticas permitiéndonos, ojalá, poder de este modo cortar las cintas e inaugurar la construcción de un largo camino de reversión de todo atisbo de acedia.
Que este 2008 encolumne todas las vértebras civiles, sociales, naturales, políticas y económicas en una misma y única dirección para redistribuir, fecundar e incentivar civilidad, una civilidad que cobre compromiso, dinamismo y protagonismo insustituibles e indelegables sin retacear alegría y entusiasmo al retrato nacional en el marco precioso del bien común.
Que este 2008 recupere la fraternidad y la amistad social, objetivo olvidado en la histórica trilogía de la gesta reivindicatoria francesa, rearticulando humanamente elementales equidades intergeneracionales, restando egoístas discrepancias sectoriales, sumando y multiplicando afinidades solidarias, sin retractaciones.
De lo contrario, si hemos de persistir `estoicamente´ en nuestros defectos y derrochar nuestra eficacia, ya no cuestionemos lo que finalmente elegimos –y nos merecemos-, por acción, omisión o desaprensión.

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