El incremento de controles y restricciones que viene observándose semana tras semana, contribuye a demostrar que el planteo económico del gobierno está basado en la aplicación del intervencionismo necesario para que el mercado se comporte de determinada forma, precisamente porque las decisiones de política económica arrojan un resultado no deseado.
En el informe semanal de la consultora Ecolatina, del viernes 2 de setiembre, se analiza la evolución de la economía chilena ensalzándose algunos aspectos de su marcha y con el objeto de tomarla como modelo. De esta consultora, recordamos, forma parte intelectualmente el ministro Roberto Lavagna, lo cual nos permite colegir que el objetivo final de la actual conducción económica, es el llamado "modelo chileno".
Es interesante, por ello, tomar algunas referencias de aspectos que la consultora señala en el informe como generadores de un círculo virtuoso, y compararlos someramente con la situación local. Esencialmente se resalta la necesidad de estimular la inversión local y extranjera, el intervencionismo cambiario para mantener el dólar competitivo, el mantenimiento de una estabilidad macroeconómica, la regulación del ingreso de los llamados capitales golondrina y la diversificación de exportaciones.
Por supuesto que excede el marco de nuestro comentario realizar un análisis profundo del trabajo de marras. Pero no deja de ser importante observar ciertos aspectos, en el marco de la variedad, profundidad, inmediatez y, por qué no decirlo, arbitrariedad dentro de las que se mueve la actual línea de la economía argentina.
Varias veces hemos señalado que los capitales golondrina llegan al país cuando las distorsiones y controles cambiarios provocan una ganancia rápida de divisas aprovechando por ejemplo el tipo de cambio sostenido alto a culquier precio, mientras las tasas de interés crecen por efecto de la inflación y del endeudamiento público a través de las letras del Banco Central para "secar" la plaza de la emisión de dinero tendiente, precisamente, al sostenimiento artificial del tipo de cambio.
El estímulo de la inversión mediante "combos" y promociones varias, no es un estímulo genuino, sino el subproducto de la inseguridad jurídica y legal consuetudinaria, que desalienta y hace salir a los inversores del país, como acaba de ocurrir con el grupo francés Suez.
La estabilidad macroeconómica, por supuesto que es un objetivo loable, pero resulta una contradicción en los términos en un país donde los decretos de necesidad y urgencia son moneda corriente y para colmo suelen provenir de "enojos" preelectorales..
En cuanto a la diversificación de exportaciones y el estímulo de las mismas, parece broma resaltar su necesidad al tiempo que observamos que las llamadas retenciones a las exportaciones llegaron para quedarse, y llevan al mismísimo ministro de economía a azuzar a quienes se oponen a ellas desafiándolos a "crear un partido político".
Nos detendremos un momento en el aspecto de las exportaciones para referirnos al viejo tema del "deterioro en los términos del intercambio", es decir, eso de que los bienes que exporta la Argentina pierden valor relativo con relación a los que debe importar. Observar linealmente el precio de un producto sin analizar los costos de producción, la productividad, la evolución tecnológica que condiciona tal productividad, la presión tributaria que incide en ella (retenciones a las exportaciones incluídas) y hasta el mismísimo tipo de cambio es, a nuestro juicio, un reduccionismo impresentable. Sin embargo, no son pocos los círculos de economistas que resaltan una y otra vez que nuestras importaciones son más caras proporcionalmente, y nuestros productos cada vez más baratos.
La experiencia chilena es meritoria por un sinnúmero de aspectos, pero especialmente lo es porque las normas que se dictan se sostienen en el tiempo, y se dan garantías relativas importantes de que nada cambiará porque cambien un gobierno, mientras que en la Argentina, las garantías no llegan ni siquiera a sostenerse cuando los nuevos gobernantes pertenecen incluso al mismo partido político.
La insistencia de las autoridades locales por culpar a los empresarios por la inflación que genera el modelo sustitutivo de importaciones vigente indica o falta de seriedad o ignorancia. Los precios de los bienes son aquellos que la economía puede pagar, y no otros, ni menores ni mayores. Y por lo tanto son la resultante de una determinada política. Hay que recordar una vez más que la inflación es un fenómeno monetario, y que el monopolio de la emisión de la moneda y de la política monetaria está en manos del Estado, que entre otras cosas obliga a los exportadores a liquidar sus divisas, aunque luego decidan ir por la otra ventanilla a comprarlas nuevamente perdiendo la diferencia.
Bien, el tono crítico de este trabajo tal vez resulte un tanto fuerte, pero nos parece importante resaltar estos puntos porque observamos que la política en general se inmiscuye cada vez más en cuestiones matemáticas, como por ejemplo para afirmar que los supermercados aumentan sus precios para luego otorgar rebajas lo cual influye en la tasa de inflación. Digamos que si esto es así, el INDEC está calculando mal el índice, dado que debe tomar los precios netos de venta y no los "de lista" para hacer sus cuentas. Y digamos también que la gente cuando concurre a hacer sus compras sabe muy bien si un precio aumentó o no. De manera que cuando se amenaza incluso con controles sobre estas subas y bajas por ofertas, se cae en la lamentable práctica de considerar a la gente poco dotada para controlar su bolsillo, y al INDEC como un Ente que no sabe hacer su trabajo.
Sobre el cúmulo de consideraciones que hemos venido haciendo a lo largo de este año, no hay mayores variantes. Los problemas energéticos, la negociación de la deuda que no entró en el canje, el no acuerdo con el FMI, la inflación reprimida cada vez más alarmantemente, el creciente endeudamiento del Estado vía Lebacs y Boden, las tarifas de servicios y combustibles visiblemente atrasadas, etc.
Particularmente debemos destacar, para ir terminando, que desde el gobierno se defiende el plan energentico y se sostiene por ejemplo, que la salida de Suez de Aguas Argentinas nada cambiará en cuanto a la continuidad del servicio. Tomamos estos ejemplos por ser de rigurosa actualidad. La experiencia histórica ha demostrado que las llamadas tarifas políticas en servicios esenciales condujeron a la destrucción de los mismos, al punto de llegar a tener que efectuar cortes de electricidad programados, obligar a apagar las vidrieras o reducir el horario de la televisión, eso sin contar el hecho de bajar el voltaje a 190 voltios, como ocurría hace algunos años. O llegar a no poder tomar el agua de la canilla por la cantidad de productos químicos que incluía y que modifican su gusto o su color. Ello para no hablar del hecho de que el servicio telefónico era prácticmente inexistente u obsoleto, al punto de tener que esperar décadas una línea y días enteros una comunicación internacional.
Y todo esto, a su vez, sin dejar de tomar en cuenta que hoy por hoy más de la mitad de cualquier tarifa de servicio domiciliario es impuesto. Insistimos: más de la mitad. Dato suficientemente relevante que da para preguntarse por qué han sido tan "altas" tales tarifas, y por qué siguen soportando semejante carga dada la necesidad social invocada.
Bien, nos resulta particularmente duro hacer un análisis que juzgamos crítico en un marco de crecimiento económico como el que todavía vivimos. Claro que tal crecimiento, como también hemos reiterado tantas veces, no es más que el recupero de niveles anteriores a la crisis, y no un aumento genuino del PBI por encima de aquellos. Y es en estos momentos cuando más se juega el futuro, a nuestro entender. Es ahora cuando debe definirse si impulsamos el crecimiento con estabilidad monetaria, baja de tasas de impuestos, eliminación de los distorsivos, baja del gasto público improductivo, y tipo de cambio realista, o por el contrario nos detenemos en el chiquitaje de qué pasa con los precios de tal o cual producto, de tal o cual empresa, o de tal o cual supermercado.
Los precios no suben porque sí, y tampoco bajan sin razón. Y el mantenerlos bajos artificialemente tiene los mismos efectos que el mantenerlos altos artificialmente, como ocurre con el dólar. Tarde o temprano la caldera produce el estallido.
Buenos Aires, 10 de setiembre de 2005
Hector Trillo
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